Café 2: ¿De qué crisis estamos hablando?

28 de junio, en El fin del mundo, 18 h

Durante algún tiempo, fue una palabra tabú que algunos políticos esquivaban de modo patológico mediante sinónimos peregrinos. Hoy la “crisis” se ha convertido en una especie de mantra que todos usamos como excusa, como arma arrojadiza, como frase hecha, como chiste malo. ¿Pero quién define qué son las crisis? ¿Quién decide cuándo empiezan y cuándo acaban? ¿Quién pone de moda esloganes del tipo “crisis significa oportunidad en chino”? ¿Con qué intención?

Resignados a admitir que es la palabra de la temporada, el segundo café filosófico propone reflexionar sobre el tipo de crisis que estamos viviendo. ¿Es sólo económica? ¿Es coyuntural o esconde una depresión estructural más profunda de la que nadie quiere hablar? ¿Es, simplemente, un período de recesión necesario para sostener este modelo productivo?

Por último, y recuperando el tema del primer café filosófico -“las contradicciones“-, debatiremos si resulta contraproducente hablar y criticar la crisis. ¿La saturación que produce el tema es narcotizante? ¿Se pasó el momento de la rabia y la indignación que provocaron los primeros escándalos financieros? ¿La promesa de “brotes verdes” funciona como hierbas alucinógenas y calmantes? 

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Un comentario el “Café 2: ¿De qué crisis estamos hablando?

  1. Desde Decrecimiento Madrid queremos dar nuestro punto de vista sobre la crisis:

    El crecimiento económico del producto interior bruto es el objetivo buscado por todos los países. Hoy día, pese al crecimiento casi ininterrumpido desde los años 70, nos encontramos en situación de emergencia: vivimos en un mundo crecientemente polarizado (mientras que en 1970 la proporción de ingresos entre la quinta parte más rica y la más pobre era de 1 a 30, en 2004 fue de 1 a 74), un mundo habitado cada año por más hambrientos (1020 millones este año), un mundo que se enfrenta a problemas ambientales de dimensión global como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad y donde ni siquiera los más favorecidos por el sistema, los que nos estamos comiendo el pastel, hemos sido capaces de aumentar nuestro bienestar subjetivo, es decir, de conseguir ser más felices. Unas relaciones sociales cada vez más mercantilizadas y basadas en la competencia, la inseguridad en el empleo, el aumento de la delincuencia, de las depresiones, del estrés, de la tasa de suicidios o del consumo de drogas destructivas, hacen evidente lo absurdo del objetivo que nos hemos fijado.

    La crisis, esta ruptura involuntaria pero tan anunciada por algunos, nos brinda la oportunidad de cambiar; la demolición ha sido un éxito, pero ahora hay que empezar a construir sobre nuevas bases, es el momento para luchar por ese otro mundo que ya no es que sea posible, sino que es absolutamente necesario. Y es aquí donde el discurso del decrecimiento tiene mucho que aportar, el decrecimiento debe ser el eje central que atraviese los distintos movimientos sociales que están trabajando en las alternativas, pero además, debe ser capaz de dar soluciones prácticas a los más afectados por la crisis, evidentemente no a los bancos sino a las personas sin empleo y recursos que son los verdaderos perdedores de lo que ha sido esta orgía financiera.

    El decrecimiento, pese a la interpretación literal del término, no consiste en sustituir el objetivo de aumentar el PIB por el de reducirlo, sino que debe entenderse como una palabra bomba, algo que quiere romper con el imaginario colectivo, un eslogan contra la actual lógica. El decrecimiento no es la disminución del PIB, aunque en muchos casos lo implique. El decrecimiento entendido en diversas formas: objetores de crecimiento, acrecimiento, justicia ecológica global, menos para vivir mejor o decrecimiento socialmente sostenible; busca un sistema de organización social que no base su reproducción en la creciente explotación de los recursos del planeta, pero busca además, nuevos fines alejados del absurdo crecimiento del PIB.

    Se trata de avanzar hacia una sociedad en la que la huella ecológica de los individuos (la superficie productiva necesaria para mantener su nivel de consumo) sea igual o inferior a las hectáreas productivas por persona que le corresponderían a nivel planetario. Esto permite que algunos países puedan aumentar su producción y consumo de bienes materiales y obliga a otros a reducirlo; supone que algunos sectores deben desaparecer y que otros tantos deberán crecer. En definitiva, el decrecimiento implica casi siempre una reducción del contenido, pero es sobre todo un cambio en la forma, es decir, un cambio del modelo de producción y consumo, un replanteamiento de nuestras necesidades y una búsqueda hacia algo más complejo que el “más es mejor” que define con simpleza pero con atino nuestra sociedades hiperdesarrolladas.

    Los valores ligados a una sociedad de decrecimiento chocan frontalmente con los que promueve el sistema capitalista en las sociedades occidentales y occidentalizadas. No es nuestro objetivo en esta breve introducción criticar estos valores en sí mismos, simplemente queremos señalar que muchos de estos valores han sido consecuencia de nuestra percepción de un mundo sin límites físicos: el individualismo, la propiedad privada, la soberanía del consumidor o el simple “más es mejor” pierden su sentido al constatarse que el planeta tiene límites, y se tornan del todo absurdos al comprobar que estos límites han sido ya rebasados. Es necesario un cambio de paradigma, un replanteamiento de nuestro imaginario colectivo.

    Sin duda la redistribución de la riqueza es un objetivo de primer orden. Algunos autores hablan de justicia global para referirse al decrecimiento, puesto que no es posible entender el decrecimiento sin una redistribución a escala planetaria. Partimos de que aproximadamente el 20% de la población del planeta genera el 80% del deterioro ecológico (utiliza el 80% de los recursos) y los países ricos acumulan fuertes deudas ecológicas con los países del sur.

    Es muy frecuente que se ataque a los partidarios del decrecimiento de primitivistas o dicho de otro modo, de querer volver a las cavernas, y sin embargo, como ha dicho Serge Latouche, cuando un grupo de personas llegan a un callejón sin salida y hay que dar la vuelta, los más atrasados se convierten en los más progresistas; “siempre es progresista ir rezagado si se está yendo por el mal camino”. El decrecimiento no plantea en ningún caso una vuelta a atrás, si bien es cierto que muchas sociedades hoy consideradas por el imaginario occidental atrasadas, pueden aportarnos muchos elementos clave para construir una sociedad de decrecimiento.

    Buscamos construir una sociedad diferente, que intente maximizar el bienestar de las personas adaptándonos a nuestro planeta finito y por tanto, respetando a las generaciones venideras, queremos romper con la perversidad de un sistema basado en la continua creación de falsas necesidades que nos esclaviza al trabajo y tiene como consecuencia la destrucción de la vida. Mucho de lo aprendido a lo largo de la historia es deseable para la sociedad del decrecimiento, otras muchas cosas nos podrán ser útiles en la medida en que cambiemos su modo de uso y otras sencillamente son innecesarias o dañinas para el ser humano y deberán por tanto abandonarse.

    Para más información véase:

    Artículo completo
    http://economiacritica.net/web/index.php?option=com_content&task=view&id=100&Itemid=41
    Blog Decrecimiento Madrid
    http://decrecimientomadrid.blogspot.com/
    Alternativas prácticas para avanzar hacia la sociedad del decrecimiento

    Haz clic para acceder a PODEMOSCAST.pdf


    Blog de discusión sobre el decrecimiento
    http://www.decrecimiento.info/

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