Balance del segundo café

Mientras aprovechamos el parón del verano para organizar el próximo café (el 27 de septiembre), que analizará si “nos hemos olvidado de la memoria”, os invitamos a leer el balance de la segunda sesión filosófica de El fin del mundo.

“¿De qué crisis estamos hablando?”

Si la verdad es un juego de poder, una mentira que nadie se atreve a desenmascarar, entonces la crisis de la que hablamos se ha originado en una de las más grandes patrañas de nuestra historia reciente: un gigantesco esquema piramidal consistente en que los ricos venden a precios inflados sus activos a los pobres, y el endeudamiento de los consumidores se convierte en el principal motor del crecimiento económico. Si la inflación del crédito crece más deprisa que el ahorro privado, la capacidad de las entidades financieras de crear dinero, de inyectar liquidez en el sistema, está abocada a encontrar su final. Cuando ello sucede, el valor de los activos se desploma a la vez que el endeudamiento persiste. La riqueza familiar y empresarial queda devastada y la espiral de des-apalancamiento conduce una recesión de balance patrimonial.

Pero cuidémonos de lo que se dice de la crisis: los expertos que tanto hablan de ella no son parte de la solución, sino parte del problema. A menudo eluden citar lo fundamental: que las crisis se imponen por acción de unos, o por omisión de otros, y que, precisamente por ello, son un fenómeno esencialmente político; una coyuntura dinámica en la que se dirime, mediante otro juego de fuerza, quién habrá de cargar con los costes de los desmanes perpetrados en la etapa anterior. Por ello conviene estar atentos: la desigualdad trajo el crecimiento y la crisis, y de los ciudadanos depende que la salida de la crisis no traiga aun más desigualdad. ¿Bajar los salarios? Tal vez, pero ¿los de quién? ¿Subir los impuestos? Puede que sí, pero no los indirectos que suponen igual gravamen para ricos y pobres. Si pensamos que la crisis es también una oportunidad para cambiar nuestro patrón de crecimiento o el modelo productivo, parece perentorio empezar por conseguir que la recuperación venga acompañada de más – y no de menos – equidad. Digámoslo de una vez: si hay límites al crecimiento, la igualdad es sostenible. La desigualdad no.

Porque puede que, en efecto, los modelos capitalistas de crecimiento sean parteras de la desigualdad, pero conviene igualmente no olvidar que es la desigualdad rampante la que se encuentra en el subsuelo de la inmensa mayoría de las fases expansivas y predadoras del capitalismo. La desigualdad, además, socava nuestra urdimbre moral alimentando  la codicia y la pérdida de referencias morales como el bien común, el interés público o los derechos ciudadanos que no deben encontrarse nunca amenazados por la lógica de los mercados. Un corolario de nuestra bancarrota económica podría ser la hipocresía en la que vivimos instalados. Nuestro filósofo cómplice de aquella tarde – Leo Moscoso – así lo confirmó: “Vemos clamar por la socialización de las pérdidas a los mismos que sacralizaron el carácter privado de los beneficios. Los vemos también echar la culpa a los gobiernos de turno del desastre que ellos mismos trajeron en primer lugar. Nadie es culpable, ni pide disculpas por nada. Todos miran para otro lado, o tienen incluso la desvergüenza de señalar como culpables a las propias víctimas de sus abusos. Cualquier noción de interés general, o de bien común, se encuentra en las antípodas de su estrecho horizonte moral. Ahora – en medio de la crisis de confianza – buscan seguridad arrimándose a las faldas de los mismos gobiernos a los que cuestionan. Pero quieren sólo seguridad para ellos – olvidando que no hay seguridad para nadie si no hay seguridad para todos”. 

Gracias a Javier Romagnac, del Foro de Vida Independiente, que nos advirtió de que “esto no es una crisis, sino un aviso”. Gracias a David Anglés, que nos ilustró sobre la pirámide de la liquidez y sobre el papel desempeñado por la codicia en la burbuja especulativa de los tulipanes en el siglo XVII. Gracias a Rafael Pérez, que nos invitó a repensar el crecimiento y nuestra propia responsabilidad en él. Gracias a Fabiola, que nos invitó a ver la crisis como un episodio de parálisis de la comunicación que conduce a la perplejidad. Y gracias a Magda Bandera, que presidió la sesión desde la ausencia, y a Pedro Pozuelo, que se encargó de hacerla presente hasta que llegase – y felizmente ha llegado – su recuperación.

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